El silencio como espacio de sanación

 Vivimos rodeados de ruido.  El ruido de la ciudad.  El de las notificaciones. El de las conversaciones que nunca terminan.

Y también el ruido interior: pensamientos, preocupaciones, listas pendientes, recuerdos, expectativas.

Nos hemos acostumbrado tanto a vivir acompañados por ese murmullo constante que, cuando aparece el silencio, muchas veces sentimos la necesidad de llenarlo.

Encendemos la televisión.

Revisamos el teléfono.

Ponemos música.

Buscamos cualquier cosa que evite quedarnos a solas con nosotros mismos.

Sin embargo, existe un tipo de silencio que no pesa. Un silencio que, lejos de vaciarnos, nos devuelve algo que habíamos perdido.



El silencio no siempre es ausencia

A veces pensamos que el silencio es simplemente la falta de sonido.

Pero hay silencios muy distintos.

Está el silencio incómodo, el que nace de las palabras que no se dijeron.

El silencio impuesto, que duele porque impide expresarnos.

Y existe otro, mucho más amable.

El silencio elegido.

Ese que aparece cuando decidimos hacer una pausa y escucharnos sin interrupciones.


Un lugar donde volver

Cuando disminuye el ruido exterior, muchas veces empezamos a notar cosas que llevaban tiempo esperando.

Una emoción que habíamos ignorado.

Una preocupación que necesitaba ser nombrada.

Una idea que no encontraba espacio para aparecer.

O, simplemente, una sensación de calma.

El silencio no siempre responde nuestras preguntas. Pero crea el espacio necesario para que puedan surgir.


Escuchar también es una forma de cuidar

Vivimos con la costumbre de prestar atención a todo lo que sucede afuera.

Las noticias.

Las redes sociales.

Las opiniones de los demás.

Pero rara vez dedicamos el mismo tiempo a escuchar cómo estamos nosotros.

No hace falta encontrar grandes respuestas.

A veces basta con preguntarnos:

¿Cómo me siento hoy?

Y permanecer unos minutos con esa pregunta, sin apresurarnos a responderla.


Pequeños momentos de silencio

No es necesario irse a una montaña ni pasar horas meditando.

El silencio también puede encontrarse en gestos muy cotidianos.

  • Una taza de café antes de que la casa despierte.
  • Una caminata sin prisa.
  • Escribir unas líneas en un cuaderno.
  • Mirar el cielo unos minutos.
  • Sentarse junto a una ventana mientras cae la tarde.

Son instantes sencillos. Y, sin embargo, tienen la capacidad de recordarnos que no todo en la vida necesita ocurrir deprisa.


Cuando el silencio incomoda

Es posible que, al principio, el silencio resulte extraño. Incluso incómodo.

Porque, cuando dejamos de distraernos, aparecen pensamientos que llevábamos tiempo evitando.

Y eso es completamente humano.

No hace falta resolver todo lo que aparezca.

Solo observarlo con paciencia.

Como quien abre una ventana para que entre un poco de aire fresco.


Un pequeño regalo...

Quizá hoy puedas regalarte diez minutos sin hacer nada más.

Sin música.

Sin pantallas.

Sin la necesidad de producir.

Y después preguntarte:

  • ¿Qué apareció cuando el ruido desapareció?

  • ¿Hace cuánto no compartía un momento de verdadero silencio conmigo?

  • ¿Qué emoción necesitaba un poco de espacio para ser escuchada?

  • ¿Cómo puedo crear pequeños momentos de calma en mi vida cotidiana?



En resumen

El silencio no tiene todas las respuestas.

Pero, muchas veces, nos ayuda a escuchar preguntas que el ruido no nos dejaba oír.

Quizá no sea un lugar al que escapamos del mundo.

Quizá sea el lugar al que regresamos para encontrarnos con nosotros mismos.

Hasta el próximo viaje...



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